En el voluntariado empiezas dando y acabas recibiendo

Álvaro Romero

 

Siempre me he sentido afortunado por la vida que he tenido, pero al mismo tiempo me preguntaba qué había hecho yo que no hubieran hecho otros que sí eran menos afortunados. Por qué yo tengo casa para dormir, y hay niños que duermen a la intemperie. Por qué yo tengo agua para beber y ducharme todos los días y otros andan kilómetros para conseguirla…

Toda esta reflexión desembocaba en una necesidad por compartir esa suerte, por lo que comencé a interesarme por el voluntariado. Ya en el colegio hice algunas cosas puntuales, pero nada periódico y en lo que me involucrase de verdad. Cuando comencé la universidad empecé realmente en esta andadura.

Mi primer voluntariado fue de acompañamiento a niños que se encontraban ingresados en el hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Niños que quizá llevaban meses ingresados y que los domingos salían de sus habitaciones a un aula de juegos para evadirse. Tras un par de meses asistiendo vi que ese no era mi lugar, los peques jugaban normalmente con sus familiares y yo me limitaba a ordenar y ofrecerles juegos… No me llenaba para un domingo por la mañana 😀 Me preguntaba si quizás el problema era yo que tenía que desarrollar otro tipo de habilidades, sin embargo, más tarde me daría cuenta de que simplemente no era mi sitio.

Al poco tiempo, empecé a asistir con un grupo de amigos a un lugar llamado Ciudad de San Juan de Dios en Alcalá de Guadaira, Sevilla. En este lugar, personas con discapacidad intelectual son acogidas, educadas y acompañadas en un maravilloso ambiente. Nuestra labor allí principalmente era acompañarlos algún domingo al mes. Si el tiempo favorecía paseábamos con ellos y jugábamos en un gran parque que tienen con montón de columpios. Nuestra creatividad en las actividades -que empezó muy limitada hay que decirlo- fue aumentando y haciendo que ellos cada vez disfrutaran más.

Recuerdo que la primera vez que fui y nos conocimos todos, al irme tras un buen rato que echamos pensé que el próximo domingo no se iban a acordar de mí, sin embargo, para mi sorpresa, a los dos domingos volví… ¡y ya me estaban echando la bronca por tardar tanto en volver! Fue increíble… Francis, un amigo de allí, me sigue echando broncas que ni mi madre . Ese grupo de amigos que asistíamos fue creciendo hasta que alcanzamos la cifra de 40 voluntarios 😊. Incorporamos el voluntariado a la Fundación Soñar Despierto Sevilla, familia de la que aún formo parte y en la que estuve ayudando durante 5 años.

Este voluntariado me ha permitido conocer de cerca un colectivo muchas veces olvidado en nuestra sociedad. Estas personas me han enseñado de inteligencia emocional, de amistad, de compartir y de escuchar. Mi intención era ayudarlos y acabaron ayudándome a mí. Son verdaderos, puros, si en algún momento no hablan contigo es porque realmente no les apetece hacerlo, pero si te dicen te quiero… ese te quiero es de verdad. Si te llaman amigo o amiga es que realmente te lo consideran y si te dicen que te han echado de menos, es que realmente lo han hecho. Nada de caretas, nada de formalidades, son verdaderos. Y que gusto es encontrar gente así hoy en día ¿verdad? Aprendí y sigo aprendiendo con ellos.

Por otro lado, siempre había tenido una idea rondando mi mente y era la de unir mi trabajo con la cooperación. Tengo la suerte de haber estudiado una carrera que me encanta -Ingeniería Industrial- y si es así es por que la veo como una herramienta para cambiar a la sociedad. Por eso, hace un tiempo investigando encontré Ingeniería Sin Fronteras Argentina. Me puse en contacto con ellos y me ofrecieron la oportunidad de incorporarme como ingeniero voluntario a algunos de sus proyectos. En ese momento me encontraba en mitad del máster y no era buen momento para dejarlo todo e irme así que lo pospuse. Ya con el máster finalizado y con posibilidad de un buen trabajo pensé lo mismo: no es buen momento. Pero claro, ya reflexionando me di cuenta que los planetas no se iban a alinear y el universo iba a paralizar todo para que me fuera. No sé si estaba esperando una señal del cielo, un anuncio en la tele, o qué, pero con ese pensamiento tenía claro que nunca me iba a ir, así que decidí dejarlo todo e irme.

Me encontré en la ciudad de Buenos Aires, en pleno verano, trabajando con gente increíble. Creo que es algo que va impreso en el carácter argentino, pero la hospitalidad y amabilidad con la que me recibió la gente y la ciudad fue increíble. A las dos semanas ya me sentía como en casa… En fin, volviendo al voluntariado, participé en dos proyectos en Buenos Aires que consistían en la construcción de un puente que comunicaba dos barrios con bastantes inundaciones durante época de lluvias, y la construcción de una pileta en el barrio de Bernal. En ellos pude desarrollar habilidades constructivas y a la vez convivir con las comunidades de cada lugar, compartiendo mate, tortillas y risas con los pequeños y mayores que por allí andaban. Además de esto, me dieron la oportunidad de trabajar en un proyecto de construcción de aljibes en el norte de Argentina llevando a cabo una labor de relevamiento. Esta experiencia puedes verla más detallada en el blog, pero es de esas experiencias que te cambian por dentro y por fuera -si lees la experiencia entera sabrás por qué me cambió por fuera😊- de una manera maravillosa.

Por toda la situación del coronavirus tuve que abandonar la experiencia argentina, sin embargo, estuve el suficiente tiempo para darme cuenta de la cantidad de ayuda que hace falta, de la gente tan maravillosa que hay por el mundo y de lo que me gusta hacer voluntariado!

CONTACTO:

Correo: alvaroromeromacias@gmail.com

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