Ana González

El voluntariado consiste en dejarte a ti a un lado para entregarte al otro

Ana González

¡Hola! Soy Ana González Pumar y tengo 18 años. Nací en Sevilla, soy la mayor de seis hermanos y estudié en un colegio de Fomento, Entreolivos. Este año me he venido a Madrid a estudiar Derecho (E1) en ICADE.

Desde pequeña, me han ido ofreciendo diferentes actividades de voluntariado en el colegio: residencias de ancianos, comedores sociales, etc. Las profesoras nos las proponían y, como a todas, me entraba pena y ganas de ayudar y acababa yendo. Cuando terminaba, salía con una sensación enorme de felicidad que hacía que se me ocurriesen mil planes para “cambiar el mundo”. Pero al final, por muy ilusionada que saliese, el sentimiento se acababa yendo. Y así estuve durante muchos años, iba una tarde puntual y me llenaba pero nunca daba el paso para hacerlo parte de mí.

En julio de 2019 decidí irme una semana a colaborar con El Terral (un proyecto de la asociación Raval en Acció). Era un campamento de verano con niñas del Raval, uno de los barrios más pobres y peligrosos de Barcelona. La idea era entretenerlas con actividades culturales a la vez que las formábamos, tanto en el aspecto personal como educativo, desde enseñarles a comer correctamente hasta a leer y sumar.

Ahora suena muy bien pero la verdad que llegué allí encerrada en un “yo, yo y yo”. Yo iba a vivir una experiencia nueva y yo iba a ayudarles a ellas. A mí no me apetecía estar con esta niña porque olía mal y tenía piojos y era a mí a quien le entraba hambre. No me daba cuenta de que yo allí no importaba nada.

Un día, Blezzy, una niña que solo tenía 8 años y nunca dejaba de sonreír, me contó que estaba deseando volver a su país para buscar a su hermano que llevaba perdido muchos años. Hablé también con Alison, que tenía 9 y era prácticamente una madre. Solía preparar ella la comida y cuidar de su hermano de 2 años, con el que acababa muchas noches en bares de copas porque a su padre y a su novia les apetecía salir. Y así historia tras historia. Muchas nos las contaban ellas y otras muchas ya las sabíamos, no todas tenían fuerzas para decirnos que habían llegado en una de esas pateras que vemos en la tele, por ejemplo. Y a pesar de todo, estaban felices, lo daban todo jugando a las palmitas.

Es raro, porque, aunque solo fue una semana, se me hizo eterno (en el buen sentido). Cada día las queríamos más y notábamos como ellas a nosotras también. La diferencia era que nosotras estábamos de paso y ellas se quedaban allí, esa era su vida. El último día entendí por qué la directora nos prohibía darles abrazos y hacer que se encariñasen: encontraban, por fin, el apoyo y cariño en personas que no durarían más de siete días con ellas… 

En agosto me fui otra semana a Faro (Portugal) con la Pastoral Juvenil de Sevilla a una residencia de ancianos y a la casa de las Misioneras de la Caridad. Fue muy diferente a Barcelona. Aquí eran personas mayores y no todos tenían la misma ilusión que un niño ni se dejaban ayudar y querer con tanta facilidad. Habían vivido mucho y la mayoría estaban enfermos. Me sorprendieron las hermanas de la Madre Teresa. Ver cómo se entregaban con alegría y paciencia por esas personas era algo que al principio no me entraba en la cabeza. 

Sin duda, lo que más me llevo de Faro es a los otros voluntarios. Veía como siempre había alguien que servía el agua a la hora de comer, se levantaba a por las cervezas o daba los buenos días. Pueden parecer tonterías, pero para mí fueron detalles que me hicieron ver la forma más cercana de entregarme a los demás. Al final no siempre iba a estar cuidando enfermos y eso sí lo podía hacer todos los días en casa, que en el fondo es lo que más me cuesta. 

Aunque no lo he nombrado todavía, todo esto no hubiese tenido ningún sentido sin Dios. No sé el resto, pero por mucho ejemplo que diesen los demás, yo hubiese sido incapaz de conseguir lo que he conseguido sin Él. Todo lo bueno que hice no venía de mí. Además, como es una experiencia en la que te planteas tanto, principalmente el para qué de tu vida, muchas veces tienes que enfrentarte a cosas que no te gustan, duelen o te quedan grandes y solo encuentras la explicación en Él. Darte a los demás te hace feliz, pero cuesta. A mí no me sale solo, pero rezándolo y trabajándolo con Dios va siendo cada vez más fácil. El voluntariado de por sí ya te llena, pero hacerlo de la mano de Dios…

Para terminar, quiero dejar claro que no fueron experiencias a lo grande que me cambiaron radicalmente. No terminé siendo otra, pero sí salí siendo un poco mejor y sobre todo con ilusión por lucharlo. Me conocí un poco más y me di cuenta de lo afortunada que era sin haber hecho nada para merecerlo. Vi como personas que no tenían nada eran más felices que yo y eso me hizo pararme a pensar. Además, estar rodeada de gente tan buena y servicial hacía que yo también quisiese ser así. Era un ambiente en el que todo era sano y por los demá. Ahora me doy cuenta de que el voluntariado consiste en dejarte a ti a un lado para entregarte al otro… y aun así no les das ni la mitad de lo que ellos a ti.

CONTACTO:

anagonzalezpumar@gmail.com

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