Todo pasa por algo

Ana Rus

“Todo pasa por algo” o eso suelo decir, en esta ocasión bastaron cuatro años y un día, para que en mi tiempo y momento, lo dispusiera todo para poder ir a la esperada Kolkata. Un lugar que tenía en mente desde hacía tiempo. Lo conocía de oídas, por conocidos que habían estado de
voluntariado y me hablaban maravillas de su experiencia.

Si no fuese por la fe es difícil creer que, en lugares como este, exista Dios. La miseria, la pobreza, la oscuridad, abarcan hasta el último rincón que puedan existir en sus calles. Adultos y niños hacen de las calles su hogar, fuentes públicas usadas como duchas, cartones y plásticos a modo de tejados y viviendas, un par de cacerolas en el suelo y ya tienen casi todo lo que necesitan para sobrevivir.


Una ciudad en la que la vida parece que no tiene ningún valor y tan solo quedan sueños de lo que podría ser una vida plena. Cuervos, claxon y escombros llenan sus calles, animales y hombres conviven juntos en medio de innegables vertederos. Todo es estrés y caos; coches, camiones, autobuses, carros tirados por hombres que circulan sin parar… No hay ley, no hay orden, “no se siente la presencia de ninguno de sus 33 millones de dioses”.


En medio de todo esto, las sisters, un soplo de aire fresco en Calcuta, mujeres con saris blancos que irradian una luz a su paso por las calles, auténticas portadoras de amor que recorren sus rincones recogiendo cada alma necesitada de amor. Sin hacer distinciones, las acogen y cuidan, devolviéndoles parte de la dignidad que les habían robado.


Pero mi aventura empezó muchos años antes en Tánger (Marruecos). Un país tan próximo que resulta a veces complicado entender que puedan existir tantas diferencias. Para mí aquella ciudad de los sentidos, se ha convertido en mi segundo hogar. Esa sensación que experimentas cuando pones el pie en tierra y levantas la mirada y dices “ya estoy aquí”.

En Tánger existen muchos tipos de realidades en las que colaborar, los Hermanos de la Cruz Blanca, las Sisters, las Carmelitas descalzas, las Hijas de la Caridad, … un país tan rico y tan pobre a la vez que deja ver su encanto si te adentras en la profundidad de la Medina.

Allí, los Hermanos de la Cruz Blanca y las sisters (dos realidades bastante diferentes y tan necesarias) completan mi agenda día a día. La actividad diaria con los hermanos se basa en dar acompañamiento y ayuda a los niños (adultos discapacitados) que tienen en su hogar. Mientras que el proyecto de las sisters, es ayudar y apoyar a mujeres en estado sin recursos y niños de la calle. La ciudad de los sentidos y del destiempo, allí todo va a otro ritmo y es bonito como te deshaces de lo banal para dar lo mejor de ti. Porque todos tenemos un pequeño Tánger en nuestro interior (del resto, ya os contaré en otro momento).

Volviendo a Calcuta, la verdadera misión de algunos de nosotros allí comenzó en Shanti Dan, donde más de 200 mujeres de edades diferentes, con ayuda de las misioneras, luchan diariamente por encontrar la felicidad y superar sus horrores. Shanti Dan significa “Regalo de Paz” y es un lugar en el que consigues olvidar todo el estrés, bullicio, suciedad y temores que te transmite la ciudad. En un punto de misión como puede ser Calcuta, cuando experimentas la necesidad tan enorme de amor que tienen estas personas y de sus enormes sonrisas que acompañadas de un Hi! amenizan tus caminatas por la ciudad, consigues darte cuenta de la verdadera importancia de las cosas. Un cocktail molotov que pone patas
arriba tu vida. Creo que todo aquel que va a Calcuta (o a cualquier otro destino), llega con el anhelo de ayudar y cambiar la vida de forma desproporcionada, qué ingenuos somos, cuando es justo al contrario, son ellos los que nos cambian y os puedo decir que, a lo grande.

CONTACTO:

Correo: anarusnvs@gmail.com
Instagram: @annitarus

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