Qué importa el color de piel si el corazón es el mismo

Carmen Ponce

El valor del voluntariado ha estado presente en mi casa desde que nací. Mi madre lleva más de 15 años siendo voluntaria en la Asociación Española Contra el Cáncer y yo empecé con esta experiencia gracias al colegio yendo cada miércoles a una Residencia de Ancianos de mi ciudad natal, Huelva. Cuando me mudé a Sevilla para estudiar Ingeniería, tuve la suerte de vivir durante dos años en la Residencia María Inmaculada de la capital hispalense. Allí conocí de primera mano la labor de las Hermanas y pude colaborar con ellas dando clases particulares en una casa a una familia sin recursos cada semana. Gracias a ellas tuve la oportunidad de vivir la experiencia que cambiaría mi vida.

Las Religiosas de María Inmaculada tiene sede en muchas ciudades del mundo, entre ellas Melilla. Es en esta ciudad donde trabajan durante el periodo escolar en el Monte María Cristina con niños y mujeres en riesgos de exclusión ofreciendo apoyo educativo y comedor escolar a los menores y clases de formación para las mujeres. 

En verano, la foto cambia totalmente. Con el objetivo de poder seguir garantizando mínimo dos comidas diarias a estos niños además de una formación y así evitar las situaciones que muchos viven en sus casas y en la calle, organizan las “Colonias de Verano” junto con Cáritas. Desde la Residencia donde vivía en Sevilla, ofrecieron la posibilidad de ir y no tuve duda que mi verano sería allí. El voluntariado consiste en 15 días donde jóvenes de muchos lugares de España nos congregamos con el único fin de ser monitores a la par de educadores de niños de hasta 14 años. Si lo piensas así, no sería muy diferente a lo que mucho de nosotros hemos vivido alguna vez en nuestra ciudad, ¿verdad? Pero la realidad es bien distinta.

Para ponernos en situación, Melilla tiene una extensión de 12 kilómetros cuadrados y en ella conviven dos culturas totalmente diferentes pero que deben ir de la mano (se estima que un 50% de la población es cristiana mientras que la otra mitad es musulmana). Esta ciudad hace frontera con Marruecos por una valla de concertinas y la inmigración es un reto diario para ciudadanos y administraciones. El Monte de María Cristina es uno de los barrios de Melilla más humildes donde la mayoría de sus vecinos son musulmanes, por lo que las 5 llamadas a la oración se escuchan en cada rincón. En ese entorno, las Hermanas tienen una gran sinergia con el barrio y desde que llegas puedes comprobar que son motor fundamental para muchas de las familias. 

La rutina allí era fundamental, cada día los voluntarios nos levantábamos temprano y empezábamos el día con 5 minutos de oración, a partir de ahí empezamos a organizar los desayunos de los niños y tras ello, cual ejercito bien organizado, los recibíamos para empezar un nuevo día. Cada mañana teníamos una actividad diferente (conocer a la policía, ir a la playa, helipuerto, Guardia Civil o gymkana entre otros). Comíamos todos juntos en un comedor de un colegio de la ciudad que cedían a Cáritas y tras ellos volvíamos a la sede social de las Hermana en el Monte donde procedíamos a ducharlos y darles la merienda antes de que volviesen a casa o al centro de menores donde algunos vivían. Lo fundamental era asegurar 3 comidas diarias de cada niño, ya que muchos de ellos no volvían a comer hasta el día siguiente, a la vez que hacías de educador (cuando su ímpetu era comer con las manos o no le daban importancia a la ducha) o psicólogos cuando te contaban la situación familiar que vivían en casa o en sus vidas. 

A nivel personal, esta experiencia me cambió como persona. Jamás imaginé que la decisión de partir de mi zona de confort me hiciese recargar tanto mi corazón. Allí aprendí que los niños que viven en la calle esperanzo colarse en un barco hacia la península se llaman MENAS (Menores Extranjeros No Acompañados), que el Ramadán comienza con la aparición de la luna el último día del mes de shaabán (octavo mes del calendario lunar islámico) y que termina con la Pascua. En Melilla crecí como persona conociendo su futuro incierto, sus heridas de guerra, su cariño constante, sus sonrisas contagiosas, sus abrazos, sus miradas que cuentan historias o su hospitalidad cuando muchos no tienen nada. Al final, piensas que vas a ayudar cuando son ellos lo que te están ayudando a ti, porque hace falta muy poco para conseguir una sonrisa y basta una sonrisa para que todo sea posible.

Como siempre digo, volveré a Melilla siempre que Dios/Alá quiera junto a Rania, Sheila, Hind, Munir, Adam, Karim, Mariem, Farid, Iman… y mil niños más, los que habitan en mi corazón. Es una experiencia que te hace cambiar como persona priorizando cosas que antes eran impensables, dándole la importancia que se merece a poder comer cada día y siendo aún más conocedores de la fortuna que hemos tenido al poder residir una educación y poder estar cerca de nuestra familia y amigos. Cuando vuelves a casa, tienes la responsabilidad de que tu entorno conozca tu experiencia ya que no somos consciente de todas las realidades que conviven en nuestro mundo.

No hay ni un solo día que no pueda parar de recordarlos, gracias Melilla por sacar lo mejor de mí. Como diría mi amigo Mohammed: “Alhamdulillah”, agradecida siempre.

CONTACTO:

carmenponchornero@gmail.com

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