La medida del amor es amar sin medida

Cris Barcia

Hola a todo el mundo! En primer lugar, me presentaré de una manera breve para que podáis conocerme un poco mejor: mi nombre es Cris, soy gallega y tengo 23 años. Soy la segunda de seis hermanos. Tengo la gran suerte de tener un trabajo que me apasiona, ya que soy fisioterapeuta en un hospital y en una residencia de ancianos.

Desde siempre he tenido una especial sensibilidad hacia las personas que sufren, que están solos, enfermos y necesitados. A lo largo de mi (corta) vida he tenido la oportunidad de realizar diversos voluntariados: desde ir a geriátricos hasta dar de cenar a drogodependientes y personas sin hogar, pasando por dar clases a niños en riesgo de exclusión social y repartiendo regalos por Navidad en casas de familias muy pobres. Lo cierto es que darme a los demás de esa forma me llena de una profunda alegría y satisfacción.

Cuando tenía 15 años, cayó en mis manos el gran libro que, sin yo saberlo, me cambiaría la vida. Su título era La Ciudad de la Alegría, del gran Dominique Lapierre. A partir de ese momento, empezó a crecer en mi corazón el anhelo de ir por lo menos una vez en mi vida a Calcuta, a ayudar a los más pobres de entre los pobres. No podía llegar a imaginarme que ese sueño se haría realidad 8 años más tarde.

El año pasado, un amigo mío me comentó que tenía pensado irse a Calcuta con las Misioneras de la Caridad en Navidad, y como sabía que era algo que a mí siempre me había llamado la atención, me propuso irme con él. Mi primera reacción fue, cómo no, de miedo. Rápidamente se me vinieron a la cabeza excusas más que suficientes para dar un no por respuesta. Sabía que eso iba a suponer un cambio drástico en mi vida, y yo estaba tan a gustito en mi zona de confort que no estaba muy por la labor de salir de ella y lanzarme de cabeza a lo desconocido. No me sentía preparada para enfrentarme a todo lo que allí iba a vivir. ¿Cómo iba a irme a la India? Estaba trabajando, era mucho dinero, pasar unas fechas tan especiales tan lejos de mi familia y de mis seres queridos… no no, definitivamente no era mi momento.

Fue días después cuando el Señor me hizo ver que sí, que precisamente era el mejor momento. Fue en el trabajo. Tenía de paciente a una mujer muy mayor, con la que había tenido una conexión impresionante y a la que quería mucho. De un día para otro dejó de venir. Yo, extrañada, llamé a los dos días a sus familiares para saber si todo estaba bien. Tristemente me comunicaron su fallecimiento unas horas antes, y me dieron las gracias por haberla cuidado tan bien. El mundo se me vino abajo, sentí un dolor enorme, y de repente me vino a la cabeza la India. Me dije: “Cris, tienes que hacerlo. Puedes hacer que muchas personas que están solas, enfermas y moribundas experimenten el verdadero Amor a través de ti. Hacer que se sientan únicas, acompañadas y valiosas en sus últimos momentos”. Y fue al llegar a casa cuando mi padre me dio el empujoncito que necesitaba para tomar la decisión.

Al día siguiente hablé con mi supervisor, que la verdad se portó estupendamente, y me facilitó las cosas para que pudiera irme 21 días. Esa misma noche compré los billetes. Ya no había marcha atrás.

Los meses pasaron volando, y de repente llegó el día tan esperado en el que tenía que viajar. No fui con ninguna asociación, por lo que tenía que volar yo sola, ya que mi amigo había ido unos días antes. Tuve que ir hasta Madrid para coger el vuelo a Nueva Delhi, donde haría una escala de 23 horas. El imaginarme volando tan lejos yo sola y pasar todo un día en la capital de la India sin ninguna compañía era mi mayor temor. Gracias a Dios se cruzó en mi camino un buen hombre, un taxista indio que fue mi ángel de la guarda durante las horas que estuve en esa gran ciudad. Primer miedo superado.

Después cogí el segundo vuelo a Calcuta, y tras un par de horas llegué a mi destino. A pesar de que a mi alrededor no había más que ruido, caos, multitud, suciedad y malos olores, no cabía en mí de ilusión. El reencuentro con mi amigo fue muy especial, y nada más conocer al resto de voluntarios me sentí tan acogida que sabía que todos ellos iban a formar parte de mí para siempre. Segundo miedo superado.

Para comenzar las actividades de voluntariado, no tuve más que ir a Mother House y apuntarme en las casas a las que quería ir a ayudar. Yo dije que me mandaran a la más necesitada de ayuda, y así fue como me asignaron Shanti Dan, con mujeres y niñas discapacitadas física y psíquicamente. También decidí ir por las tardes a Kalighat, la casa de enfermos terminales y moribundos, que fue la primera fundada por Santa Teresa.       

Mi experiencia en esas dos casas fue indescriptible, podría escribir acerca de ella largo y tendido. Pero no quiero robaros mucho más tiempo, así que solamente os diré que vale la pena, pero que sobre todo, vale la vida. Obviamente hubo momentos duros, pero cuando te ves en esa situación sabes perfectamente qué hacer y cómo ayudar. Tercer, cuarto, quinto, sexto… miedos superados. La Cris que pisó la India por primera vez cada día iba creciendo por dentro, y poco a poco se iba transformando en la mejor versión de sí misma.

¡Cuánto se puede aprender de las personas más olvidadas e insignificantes para el mundo! Yo fui dispuesta a dar todo de mí, pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que no hacía más que recibir. Estar en contacto con el sufrimiento te abre los ojos, te hace valorar más lo que tienes y ver de otra manera el mundo en el que vivimos. ¡Fue un regalo también descubrir el gran poder de una sonrisa! Me sentí la chica más feliz y afortunada del mundo porque Dios me hubiera llevado hasta allí.

¡Y qué decir de las Hermanas Misioneras de la Caridad! Son el ejemplo personificado del amor de Jesús en la Tierra. Su entrega sobrepasa todos los límites de la razón, y su alegría realmente traspasa los corazones de todo aquel que las conoce y las ve derrochar amor por todas partes día tras día. Por no hablar de su humildad, sencillez y abandono. Vivir así le da sentido a todo.

Sólo puedo concluir diciendo que a pesar de haberlas vivido a 10.000 km de mi casa y mi familia, han sido las mejores Navidades de mi vida. Me llevo amigos de verdad para siempre, jóvenes (y no tan jóvenes) con los que comparto mis ideales y mi deseo de alcanzar la Santidad. ¿Qué más se puede pedir de una amistad?

Por último (y ya paro, lo prometo), te animo a ti, que estás leyendo esto, a que le des una patada a los miedos que te paralizan y te impiden salir de tu zona de confort, que no te va a enriquecer en absoluto, y que busques aquello que cause una revolución en tu alma. En mi caso ha sido irme hasta Calcuta. He descubierto una faceta mía que desconocía y que me ha llenado de plena felicidad. ¡No tengas miedo!

“Encontrarás Calcuta en cualquier parte del mundo si tienes ojos para ver”. Con esa frase en la cabeza y en el corazón aterricé en España, dispuesta a seguir cultivando esa semilla de amor que día tras día continúa creciendo en mi interior.

CONTACTO:

crisbarciamejia@gmail.com

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