He aprendido a mirar más allá

Julia Otero

¡Hola! Mi nombre es Julia Otero, tengo 25 años. Crecí en una familia que siempre me ha transmitido el sentido de la solidaridad y de “ponerte en el lugar del otro”. Durante mis años en el colegio Santo Ángel de la Guarda (Sevilla), que también tuvo un papel fundamental en la construcción de mis valores, comencé a participar en todas las actividades sociales que nos proponían: recogidas de alimentos, actos benéficos para recaudar fondos para distintos proyectos… y fue ahí cuando empecé a sentir la inquietud por aportar mi granito de arena. Estas inquietudes por comprender un poco mejor la sociedad y por el sentimiento de justicia me llevaron a estudiar Derecho y Ciencias Políticas. Colaboré durante un tiempo como voluntaria con personas sin hogar en el centro histórico de Sevilla, con una ONG llamada Solidarios; también, en el seno de mi hermandad colaboro con los franciscanos que ayudan a familias del barrio de Palmete… Siempre que surgía una oportunidad para colaborar con alguna causa que me pareciera buena ¡allí estaba yo!

El verano de 2018 fui a los campos de trabajo que organiza la Delegación de Pastoral Juvenil de la Archidiócesis de Sevilla, a Tánger (Marruecos). Era mi primera experiencia de voluntariado internacional. Estuvimos colaborando con los Franciscanos de la Cruz Blanca, en el Hogar Nazaret que acoge a personas con discapacidad, algunos también íbamos a la casa de las hermanas de Santa Teresa de Calcuta donde tenían servicio de guardería para madres solteras. Es una experiencia muy bonita, la haces en un pequeño grupo de jóvenes que al igual que tú no han tenido antes una experiencia internacional. Compartes todas las impresiones y cuentas con acompañamiento. Creo que es la mejor forma de hacer una primera toma de contacto. Es una experiencia de corta duración pero que supuso para mí abrir la puerta a esta vocación.

Después de ese verano me enfrentaba a mi último año del doble grado y con todos los pensamientos que me movían decidí compaginarlo matriculándome en un posgrado de Cooperación Internacional para el Desarrollo. La formación que recibí, que se complementaba mucho con mis estudios, me ayudó a mirar con perspectiva los contextos culturales y políticos de aquellos países mal llamados “subdesarrollados”. Tras las entregas de los trabajos que evaluaban el curso opté a una beca para realizar mis prácticas como cooperante en terreno y de todos los destinos decidí irme a un proyecto en Perú, verano de 2019. En cuestión de un mes me estaba yendo al otro lado del charco con una maleta cargada de nervios, entusiasmo y algo de miedo.

Llegué a los Andes peruanos a un proyecto de prevención de violencia contra las mujeres y los integrantes del ámbito familiar de una ONG peruana llamada Kallpa, un proyecto financiado por la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Por no aburriros, diré que durante los casi tres meses que estuve allí, mis funciones consistían tanto en temas burocráticos como en talleres con la población de unas comunidades de campesinos y, ¡todo lo que me pedían! No os mentiré, hay momentos duros cuando te enfrentas a una realidad tan distinta, tan compleja y te ves inmerso en un voluntariado 24/7, porque justo eso es lo que diferencia un voluntariado internacional de uno nacional. Estás en un país extraño, sin un grupo y eres voluntario todo el tiempo, desde que te despiertas hasta que te acuestas.

El consejo que me hubiera gustado recibir antes de irme es: “deconstrúyete”. No intentes buscar un por qué, simplemente escucha a las personas de allí, intenta comprender de dónde nace esa desconfianza ante una piel blanca, no juzgues, no califiques como “bueno” o “malo” conductas o situaciones que simplemente son distintas a las que tú estás acostumbrado. Y en ese momento, comenzarás a disfrutar la experiencia, a dar todo de ti. La frustración se convertirá en ganas de dar más y más. Sin duda es una experiencia que ha roto mis esquemas, me ha hecho plantearme la vida de otra manera. Me ha ayudado a sentirme plena y en constante agradecimiento por todo lo vivido allí y aquí. He aprendido a “mirar más allá”. Mira más allá de tu propia realidad, pon el horizonte donde tú quieras, pero mira más allá. Mira al señor que pide en la puerta de la iglesia, mira a un país lejano en el que los niños han perdido un año de curso escolar porque no tienen internet ni ordenadores para asistir a sus clases virtuales en tiempos de pandemia… Empatiza y reflexiona, plantéate cómo vives ante estas situaciones que sufren tantas personas en distintos lugares del mundo, de tu país, de tu ciudad…

Mi última semana en Ayacucho me decía una señora de la comunidad: “Gringuita linda ve a tu país, háblales de nosotros y vuelve. No nos olvides”. Y regresé a España con la promesa de volver a Perú. Inicié este curso mi Máster de Acceso a la Abogacía y Asesoría Jurídica de Empresas en la Universidad Loyola y encontré la oportunidad de hacer voluntariado con los niños del colegio SAFA Blanca Paloma en el barrio de Los Pajaritos, ¡han sido mi alegría de los martes hasta que nos confinaron!

Desde que volví en octubre no ha habido ni una sola semana que no haya hablado con todos los que ahora son “mi familia de Perú”. Siento que sigo ayudando desde aquí, simplemente estando cuando me necesitan, escuchando, recordando a quienes pensaban que yo me olvidaría de ellos al volver a mi realidad… Y aunque ahora con la situación mundial que vivimos de incertidumbre no sé cuando podré volver, sé que lo haré… aunque tengo la sensación de que nunca me fui de Perú.

CONTACTO:

Correo: juliaor95@gmail.com

Instagram: @juliaoteror

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