Maca Ochoa

Una vida es poca para darla

Maca Ochoa

 

A lo largo de mi vida he hecho diferentes voluntariados, he conocido distintas organizaciones e iniciativas y en todas he encontrado un punto de partida común: la entrega sin límites de todos los que participaban, que provocaban un mismo final: la sorprendente felicidad que irradiaban.

Ahora entiendo por qué: estaban enamorados de la causa y de todos los que la formaban. Y supongo que es lo que me ha pasado a mí. He conocido la increíble sensación que provoca darse a sí mismo para servir a los demás y he vivido la experiencia de ir buscando ayudar al otro para que acabe el otro ayudándome a mí, sin siquiera darse cuenta.

Empecemos por el principio.

Ir todas las semanas a las tres mil viviendas, un lugar de Sevilla dónde viven personas en riesgo de exclusión social y dar clases de apoyo a niños de secundaria, me enseñó a romper con los prejuicios, a ver más allá de los estereotipos y a entender otras formas de vida. Me enamoré de todos esos niños cuando vi la manera en la que se querían unos a otros, la forma en la que se defendían entre ellos, y como rápidamente me incluyeron en sus vidas, hasta tal punto de que cuando no tenía como volverme, me acompañaban a casa para que no fuera sola. Era yo la que iba a cuidarlos y acababan ellos cuidándome a mí. Para mi sorpresa (y sobre todo para la de mi madre), una tarde me vi con algunos de ellos merendando en la cocina de mi casa, porque querían conocer a mi familia, igual que yo ya conocía a las suyas. Ellos son así. Si te quieren, quieren todo lo que tú quieres. Y si no te quieren… esa ya es otra historia que contar. Formamos una pequeña pero gran familia que no supe mantener debido a la poca responsabilidad y madurez que tenía por aquellos años, pero que sembró en mí una inquietud por salir de mi zona de confort para conocer otras realidades y poder de alguna forma, ser parte de ellas.

Con el paso del tiempo, me topé por casualidad con un grupo de niños que cambiarían para siempre mi forma de ver la vida, porque me enseñarían a verla con sus ojos.

Llegué a la Ciudad de San Juan de Dios por error, ya que me había apuntado pensando que el voluntariado era en el hospital de la carretera de Bormujos. Pero se convertiría en la equivocación más bonita de mi vida.

Un domingo cualquiera, conocí al grupo de niños y adultos que viven allí, todos ellos con discapacidad intelectual (aunque a mí ahora me gusta decir que tienen capacidades diferentes). No necesitaron más de una mañana para cautivarme. La increíble generosidad de todos ellos, mezclada con un punto de ingenuidad y una sonrisa infinita, fue la causa de que me enamorara de ellos.

Tal cual lo digo: me enamoré de ellos.

De su forma de vivir, de jugar, de bailar, de reír, de abrazar, de disfrutar.

Libres, humanos, reales.

Personas en riesgo de exclusión social, que paradójicamente, solo te incluyen. Solo te quieren. Sin importarles quien seas, que tengas o de dónde vengas, siendo esta quizá la forma más sincera que se pueda querer a otro.

Cada domingo, cada tarde o cada día que estoy con ellos, rompen de golpe todo lo que me preocupa, toda esa burbuja individualista y superficial que muchas veces me construyo y relativizan cualquier problema que pueda tener. Me cogen de la mano, me abrazan tan fuerte que a veces pienso que me van a romper y me impulsan a seguir ganándole a la vida y encima, a saborearla hasta el último segundo, disfrutando de cada momento, de cada baile o de cada juego, como si fuera el último. Porque es lo que ellos hacen cada día, es su manera de vivir, de sentir, de gastar su vida. Y es esto sin duda lo que los hace ser tan especiales, tan únicos y tan verdaderos.

Me hacen ser mejor persona, no por hacer voluntariado, si no por regalarme la oportunidad de conocerlos. De entenderlos. De intentar parecerme un poquito a ellos. Porque ahora se que la vida no depende de las circunstancias o de la situación que te toque vivir, si no de la forma en la que decidas hacerles frente; ellos son campeones del mundo en ganar cada partida, en salir victoriosos de cada batalla y encima, de saber pasárselo bien en medio del desastre. Y lo más importante y a veces más complicado, saben hacerlo en equipo: todos por todos.

Y entonces, volveremos al punto de partida de esta historia de amor: entender que la vida es un regalo que se recibe ENTREGANDÓSE a los demás.

Y llegaremos al final como siempre: con una ya no tan sorprendente felicidad, provocada por dejar de ser tú para ti y ser tú para otros.

 

CONTACTO:

macaochoa23@gmail.com

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