Calcuta te quita todo, pero te lo da todo

Mónica Maldonado

Desconocimiento, dudas, ilusión, ganas, miedos, fe… Todo ello me acompañaba al subir al avión que me llevaba a Calcuta. Nada más aterrizar comprendí la magnitud de la decisión que había tomado al embarcarme en ese viaje. “¿Pero quién narices me manda a venir?” – pensé- “Si aquí solo hay caos, ruido ensordecedor, hombres que te miran como si fueses un objeto extraño, mucha, pero muchísima, miseria y pobreza… Y por dios, ¡qué olor más desagradable hay en todo el país!”

La primera imagen de India fue así para mí. Todo a lo que estaba acostumbrada desapareció en tan solo 12 horas de viaje; todo lo que le daba sentido a mi vida: mi familia, mis amigos, mi carrera, mis comodidades, mi deporte favorito, absolutamente todo era un reflejo de una realidad que allí no hallaba. ¿Quién soy yo ahora sin todas esas cosas? Apenas me reconocía. 

Y a la crisis existencial se sumaba la impotencia; veía tanto que hacer, tanta gente con necesidad, que me sentí muy pequeña. ¿Cómo iba yo a ayudarles si la situación en la que vivía la mayor parte de la población era insostenible? ¿Acaso aquello podía tener alguna solución?

Me armé de valor para seguir adelante, y entonces me asignaron mi cole, Dharamtala. Me sorprendí al llegar, pues en ese rincón de Calcuta vivían 60 niñas que cada día se levantaban para luchar por un futuro digno, para estudiar, para jugar y aferrarse así a la infancia que merecen todos los niños del mundo. 60 ángeles que irradiaban alegría y esperanza a todos los que compartieran un ratito con ellas. 

Poco a poco fui conociéndolas, aprendiendo su cultura y me sorprendí al ver que representaban la nueva cara de India. Al salir a la calle ya no me horrorizaba tanto la miseria y la pobreza, pues había mucha gente buena que poco a poco iba luchando por cambiar la situación del país. 

Vi la luz, yo formaba parte de un proyecto muy involucrado en acabar con esas injusticias. Por supuesto sola no podía solucionar nada, pero juntos (con las religiosas de Calcuta, la Fundación Mary Ward en España y un equipo de voluntarias con una disposición infinita) éramos imparables.

Al volver a España mi vida cambió, pues mi perspectiva con respecto a la vida así lo hizo. Como comenté, al llegar me sentí súper perdida, como si me lo hubieran arrebatado todo. Y es que así funciona India; te lo quita todo pero a cambio te llena de experiencias, de aprendizajes, de sentimientos de justicia y de motivación para levantarte cada mañana y luchar por un mundo mejor. Sin darte cuenta, sin tú pedirlo, te da una nueva identidad.

Ya de nuevo en Sevilla, esa cita cobró sentido. Porque ahora no puedo dejar de tener una visión global de todo lo que hago y todo lo que se me presenta en mi día a día. Pues al colaborar en los eventos de Rainbow Family sé que de alguna manera se están moviendo pequeños hilos que harán enormes cambios en la sociedad de India. Ayudar a la Fundación Mary Ward es conectar con una red internacional que termina repercutiendo muy positivamente en el futuro de muchas mujeres.

Hoy, una vez dentro del equipo de Rainbow Family, ya no me siento pequeña. Sino que sé que formo parte de una organización muy motivada a que las niñas de Calcuta tengan una vida que merezca la pena ser vivida.

CONTACTO:

rainbowfamilyfinanciacion@fundacionmaryward.org

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