Camina dejando huella

Úrsula Cramazou

Me llamo Úrsula y tengo 26 años. Soy profesora de Highlands School Sevilla, de la congregación de los legionarios de Cristo. Desde chica formo parte de esta congregación, iba a convivencias, ayudaba a los ancianos, repartía alimentos a los más necesitados, y con frecuencia hacíamos campañas misioneras, por lo que la misión en países subdesarrollados no era algo ajeno para mí.
Estudié en un colegio católico, lo que hizo concienciarme desde pequeña de la labor tan importante que tienen los misioneros y de la necesidad de apoyarlos de una forma u otra. 

Mi inquietud por vivir una experiencia en África venía desde hacía años, me gusta leer sobre la cultura africana, escucho sus canciones y realmente me fascina su forma de ver la vida. 

Por mis estudios y mi formación nunca pude hacerlo hasta el verano pasado, que comencé mi carrera profesional como profesora en Highlands Sevilla. Por fin tuve la posibilidad de hacer viable lo que tanto tiempo estuve soñando, poder aventurarme en un largo viaje al continente Africano para poner mi “granito de arena” en la vida de los más necesitados. Esto surgió al enterarme por el Padre Borja MacCrohon (director del colegio masculino de Highlands) en una reunión de trabajo, que desde el colegio organizaban el voluntariado. No me hizo falta ni un segundo para saber que quería estar allí con ellos. Entré en el grupo y comencé a preparar todo lo que necesitaba para irme a África, a Guinea Ecuatorial, a un pequeño pueblo llamado Ebebeyin. He de reconocer que cuando vi donde se encontraba localizado, me entró pánico, esta pequeña aldea, se encontraba literalmente en medio de la selva, no había apenas casas, la población era escasa y los recursos eran mínimos. Recuerdo que mis amigos y familiares me preguntaban si de verdad quería hacerlo, pero yo estaba muy convencida de la necesidad que tenía de llevar a cabo esta aventura, y de la importancia que eso iba a tener para “llenar” mi vida y, sobre todo, la importancia que iba a tener para hacer un poquito mejor la vida de otras personas.

Me considero una persona muy cabezota, y si tomo una decisión es difícil hacerme cambiar de opinión. Al principio mi idea era simplemente no hacerme a la idea de nada, estar abierta a todo lo que me pudiera pasar, sin pensar más allá de a donde voy, ni con quien, realmente eso me daba igual, solo quería llegar y ver cómo podría cambiar algo o hacer impacto en alguna de las personas que conociera allí. Como se suele decir “mi gozo en un pozo”, porque fue todo lo contrario, fueron todas y cada una de las personas adultas y niños que conocí, los que me hicieron cambiar, ver y darme cuenta de cosas que antes ni me las plateaba.

Estamos acostumbrados a vivir en una burbuja y en el momento que salimos de ella, nos asustamos y creemos que nada es real, que lo real y verdadero es lo que nosotros solemos vivir, pero nos equivocamos. La realidad va más allá de un simple problema, de no tener nada que llevarse a la boca o de no tener trabajo, o de que el fin de semana esté lloviendo y no podamos salir a pasear, la realidad es que hay niñas de tan solo 7 años cuidando a 5 hermanos y hermanas menores, de diferentes madres, sin tener comida y sin tener a sus padres en casa. Ellas con 7 años, limpian, cocinan, protegen, intentan sacar adelante la vida de sus hermanos pequeños, sin tener ni un solo recurso al que acudir, nosotros en nuestra burbuja con 26 años, tenemos un cuarto para nosotros, comidas las que queramos, una televisión para evadirnos de nuestros “problemas diarios”, etc.

No es lo mismo conocer África a través de un reportaje que plantarse allí, respirar sus olores, probar los sabores de sus platos típicos, sentir la humedad de la estación lluviosa, pisar el barro de sus carreteras, sentir su felicidad de vivir. Al principio todo te parece muy exótico, paisajes increíbles, todo te resulta interesante, todo es apasionante y tienes ganas de ver más, pero cuando ya pasan las primeras 24 horas te preguntas ¿En qué momento decidí meterme aquí? Fueron pasando los días y fui acostumbrándome al clima, al lugar, en general fui superando el choque inicial. Empecé a descubrir el carácter africano: gente muy pausada pero que vive intensamente el día a día, que agradece tu presencia y, sin conocerte, te acoge con un abrazo y una sonrisa. A medida que fueron pasando los días, fue como si Dios me estuviera dando “toquecitos de humildad” y me recordaba que yo no estaba allí para enseñarles un estilo de vida mejor que el suyo, sino para compartir mi tiempo con ellos y dar mi testimonio de vida cristiana a través de la actitud que yo mostrara ante todo lo que íbamos descubriendo; que a veces consistía en limpiar la habitación de un enfermo y otras era simplemente hablar con niños y tratar de entender sus pensamientos, apoyarles y hacerles ver que Dios les acompaña.

Nuestras actividades allí iban desde la asistencia a enfermos, hasta la realización de talleres con adultos y niños o dar clases de español a Sacerdotes que sólo saben francés y yo no entenderles. También íbamos casa por casa visitando a las diferentes familias del pueblo, hablando con ellos y preguntando como podríamos ayudarles, y cuando fuera posible hacerlo. Realmente la Iglesia desarrolla una labor fundamental en estos países, donde no solo hay una gran necesidad del mensaje cristiano, sino que además ese mensaje se hace vida a través de los misioneros que acogen a los marginados y a los más pobres y les dan asistencia médica, les ayudan económicamente o incluso les proporcionan un hogar.

Si tuviera que expresar en pocas palabras mi experiencia allí podría decir que me quedo con las caras sonrientes de cada niño y personas que con su pobreza y sencillez me ofrecían y dejaban entrar en sus casas, sentarme en sus sillas e incluso sentarme en sus camas, allí solo tienen una casa cuadrada de unos 20 metros cuadrados para el baño, cuarto y cocina todo en el mismo recinto y donde a lo mejor vivían más de 10 personas, sin mesas donde poner la comida, sin vasos, ni platos, ni cubiertos, pero aun así todos te recibían y te agradecían la visita. No hay palabras suficientes para explicar lo que se siente con el simple hecho de mirarlos a la cara y ver que aún en las condiciones en las que se encuentran son felices y miran con brillo en sus ojos.

Durante mi estancia allí estuve con una niña de 4 años a la cual cogí un cariño especial, es un recuerdo que sigo manteniendo y con el que sigo teniendo contacto, por menos de 100€ al año ella va a uno de los mejores colegios de la zona, con esto ella se asegura una educación y un posible futuro esperanzador, es una cantidad económica de la que gracias a Dios puedo privarme y estoy haciendo un bien incalculable para esta pequeña. Intento preocuparme por su bien estar, su educación, y mientras esté en mi mano intentaré que esta pequeña termine la Universidad. Con un pequeño esfuerzo económico, cariño y algo de tiempo podemos crear un futuro prometedor para estos niños.

Al final, fui con la idea de dejar mi huella y de poder ayudarles, no se si lo conseguí, pero lo que sí sé es que son ellos los que verdaderamente han dejado huella en mí y que sin duda alguna volvería una y mil veces para estar con ellos. Si la burocracia para trabajar allí fuera mejor y más favorable, me iría a trabajar allí una parte de mi vida, aunque nunca se sabe…

CONTACTO:

ursulacrape@hotmail.com

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