Mi experiencia en Santiago del Estero, Argentina

Por fin conseguí ejemplificar aquello de “el que más tiene es el que menos necesita”, y de qué manera…

Cómo expresar cuando uno da un giro a su vida buscando algo, quizá respuestas, quizá experiencias, no sé, y va y lo encuentra. Y más difícil aun cuando no sabes exactamente qué es lo que buscas. Lo único que sabes, o notas, es un ruido interior que te hace sentirte incómodo, frustrado, a falta de algo. Es en una décima de segundo cuando decides ir a buscar ese algo sin saber si lo vas a encontrar.

Santiago del Estero, Argentina, Marzo del 2020.

Tras un mes y medio viviendo en Buenos Aires me dispuse a viajar a un pueblo llamado Colonia Dora, perteneciente a la ciudad de Santiago del Estero y a 1000 km de la capital, con el fin de colaborar en un proyecto de ingeniería social. Básicamente se trata de construir unos aljibes para la comunidad indígena de San Antonio de Copo la cual no dispone de acceso al agua. Así es, Argentina también tiene esa realidad, niños, mujeres y hombres que no tienen más agua que llevarse al estómago que la de un riachuelo o, en el mejor de los casos, la de la lluvia.

En estos días he podido vivir momentos maravillosos, he podido disfrutar y observar en personas detalles que parecen pequeños, pero son enoooormes. Ya me advirtieron de la calidez humana de la gente del norte de Argentina, gente humilde y sencilla que vive la vida de otra manera. Empezando por la gente que nos acogió, una escuela para familias agrarias cuya misión es dar educación a aquellos chicos que viven en zonas rurales alejados de las urbes. Estos maravillosos docentes, aparte de formar a sus alumnos en materias básicas como lengua o matemáticas, tratan de inculcarles valores en ocasiones olvidados en la sociedad que conocemos como son el compañerismo (mirar al de al lado antes que a ti mismo), el respeto y la superación personal. Estos chicos asisten a la escuela 15 días al mes y el resto lo pasan con sus familias trabajando en el campo, aplicando lo aprendido en la escuela y ayudándose en lo que sea necesario. ¿Vacaciones? ¿fin de semana? ¿qué es eso? Parece una tortura ¿cierto?, pues lo curioso es que son felices.

No quiero transmitir una historia idealista donde aquel que no tiene nada disfruta de los pequeños detalles sin importarle los problemas que tenga. Es obvio que estas familias padecen problemas muy graves. Sufren enfermedades como el mal de chaga, que es incurable y que afecta al corazón directamente pudiendo provocar incluso la muerte. Como decía antes, su agua mineral es el agua de lluvia y su agua de grifo es la de un canal con animales muertos. Si enferman y llueve, olvídese, los carriles son impracticables y el centro de salud más cercano está a 50 km. Lo que quiero dejar claro es que cuando tienen un mínimo momento de disfrute, lo disfrutan. Cuando tienen algo para dar, lo dan. Y cuando tienen algo por lo que sonreír, sonríen.

Nuestra misión allí era conversar con las familias para obtener la información necesaria para el proyecto, tomar algunas medidas y planos y a su vez aprender o entender algunos aspectos sociales de la comunidad. Esto suponía conversar y conocer a las familias, compartir un mate dulce y comer algunas de las ricas tortillas que elaboran en sus hornos tradicionales de barro. Era evidente que de esta labor saldrían momentos lindos, pero no sabía que tantos.

Recuerdo un chico de una de las familias, de unos 8 años llamado Santiago, que junto a su hermano me ofreció echar unas patadas al balón. Empezamos a jugar con un balón de plástico duro que no botaba y encima se deformaba. “¡Eh Santiago!, armá dos palos y jugamos unos penales”. Santiago enterró dos palos y empezamos con la tanda. En uno de estos, le di con fuerza al balón y este se deformó provocando un hoyuelo. Yo quería seguir jugando porque era obvio que en cada disparo el balón se iba a deformar así que qué más da, seguimos con el balón tal y como está. Sin embargo, Santiago agarró la pelota y se sentó en el campo, que a la vez era el suelo de su casa, para poder repararla. Con mucho cariño y cuidado y dándole pequeños golpes a distintas partes de la pelota, consiguió que recuperara su forma original y pudimos seguir jugando. Ese detalle me hizo entender el grado de conformidad que tiene cada uno con lo material. Yo de pequeño me preocupaba si mi balón del mundial nuevo tenía algún rasguño durante los primeros días, pero al cabo de una semana ni me fijaba, total, si se rompía y me había portado bien seguramente podía tener otro. En cambio, para Santiago esa era su pelota, su única pelota, quería disfrutarla en su mejor condición y no quería jugar con un trapo si esa se rompía.

Al final de los días ya establecimos una relación muy estrecha con algunas familias. “Amigos españoles” nos llamaban. Nos ofrecían todo, la comida, el alojamiento, su ayuda para guiarnos por los caminos, sus vehículos… ya digo, todo lo que estuviera a su alcance, aunque no les sobrara. En la casa de Silvia nos disponíamos a irnos para no interrumpir la hora del almuerzo cuando nos sorprendieron con un sándwich milanesa para cada uno. Reconozco que el momento fue incómodo, porque viendo la situación en la que vivían, siendo 8 personas en la casa y 7 de ellos niños, me daba la sensación de que comida no les sobraba. Aun así su cara de felicidad y la de los niños por ofrecerte el sándwich hacía que el rechazo se convirtiese en un mal gesto hacia ellos. Magnifica comida ese día y mejor compañía ¡Gracias Silvia!

Una pregunta que me rondaba la cabeza después de hablar con las familias era: ¿siempre se puede estar mejor? Es decir, ¿cuándo somos del todo felices? Creo que es la pregunta del millón y estaba claro que ellos no me la iban a contestar, pero si me hicieron cuestionármela a raíz de una pregunta que yo les hacía a ellos. Para conocer un poco más la manera de vivir y preocupaciones de esta comunidad les preguntaba acerca de qué otros problemas a parte del agua tenían para vivir allí. Yo preparado con el bolígrafo para escribir una lista me encontré en el 90% de los casos con la misma respuesta: NINGUNO. Me provocaba sorpresa y risa al principio ¡Cómo que ninguno! Es obvio que no les contestaba eso, pero les veía ahí, en medio del desierto sin apenas electricidad, rodeados de enfermedades, sin transporte, sin contacto con el exterior y pensaba ¿cómo que ninguno? Dejando silencio tras su contestación me di cuenta que ellos mismos me lo iban a contestar.

Ellos te explicaban que tenían la suerte de vivir en el campo, en libertad. Que se sentían afortunados de poder ver crecer a sus hijos. Que disfrutaban viendo como sus hijos se adaptaban al medio y que finalmente, sin ese medio no podían vivir. Se sentían conectados con la naturaleza. Es entonces cuando comprendí que la felicidad está condicionada por la realidad de cada uno. Algunos pueden decir que como no conocen lo bueno, no lo echan en falta. Pero… ¿qué es lo bueno?

Autor: Álvaro Romero

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4 comentarios en “Mi experiencia en Santiago del Estero, Argentina”

  1. ¡¡Qué pregunta! ¿Qué es lo bueno? He tenido la suerte de viajar mucho con amigas, con familia… Fiestas, buen trabajo… Muchas de las cosas “buenas”.
    Pero tengo grabado en la cabeza aquel día en que estábamos los 4 de mi familia al aire libre jugando una partida de cartas y mi madre dijo, sin venir a cuento: aquí, por ej.
    está la felicidad, en los 4 jugando tranquilamente a las cartas. Mi madre piensa un poco como tus amigos. Y no creo q les falte razón.

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  2. Gran reflexión y mejor comienzo amigo!

    Siempre viene bien una buena bofetada de realidad y aprender a relativizar nuestros problemas del día a día.

    Ha tenido que ser una gran experiencia, que ya me contarás en persona largo y tendido 🙂

    Por otro lado, creo que quejarse es el mayor daño que se ha hecho a la población “desarrollada”.

    Un abrazo y sigue así!

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